Abel Amutxategi

Autor de fantasía humorística à la Pratchett y Moore ('Su muerte, gracias', 'Jo, jo, jo', 'La tienda del señor Li') y literatura infantil ('Berbontzi'). Fiel devoto de Io y Monesvol, mataría a su editor por un buen barco pirata.

Cuando alguien nos habla sobre descripción de personajes, tendemos a pensar más que nada en su físico. Sólo así se explica el modo en el que algunos de vosotros os “enfadasteis” cuando os hablé de la técnica de la cáscara vacía, y, a decir verdad, sólo así se explica la existencia de esta técnica.

Porque un personaje es mucho más que su físico. Un personaje es mucho más que una edad y una complexión. Un personaje es, sobre todo, lo que hace.

Dirás que lo que acabo de decirte es una perogrullada y tendrás toda la razón. Pero cuando hago informes editoriales a menudo me encuentro con manuscritos que explican cómo son sus personajes en vez de mostrarlo. Manuscritos que nos dicen que alguien es generoso en vez de mostrarnos cómo comparte lo poco que tiene con los demás. O que nos advierten sobre la maldad de alguien sin darnos la oportunidad de ver con nuestros propios ojos lo malvado que es.

Y es que una novela tiene un número de escenas limitado y muchas veces es complicado comprimir tanta información en tan pocas páginas. Sobre todo cuando ya sabemos que todas las escenas de nuestra novela deben servir para hacer avanzar la trama de un modo u otro.

Así que… ¿qué podemos hacer para describir la psicología de nuestros personajes del modo más efectivo posible?

Yo te propongo que describas desde la oposición. Y con esto no quiero animarte a presentarte a las próximas elecciones generales y a salir perdedor en ellas, sino a estudiar cómo los comportamientos del resto de personajes pueden caracterizar a tu protagonista.

Se suele decir que ningún hombre es una isla. Y, si las personas de carne y hueso no lo son, tampoco deben serlo tus personajes. Entre todos ellos deben ir formando una red que los vaya relacionando y, ya que estamos, diferenciando. Porque tu protagonista no será lo que hace, sino que también será lo que NO hace.

Pongamos uno de esos ejemplos tontos que tanto me gustan:

¿Cuántas veces has pasado en alguno de tus paseos junto a alguien que estaba pidiendo dinero en la calle? Si vives en una gran ciudad, estoy seguro de que lo has hecho muchas veces. Y seguro que alguna vez le has dado algo de dinero a esa persona, pero seguro que otras muchas veces no lo has hecho.

¿Te convierte eso en una mala persona?

Para nada. Aunque podríamos hablar largo y tendido sobre el tema, nadie en su sano juicio vaciaría su cartera ante todo aquel que le pida algo de dinero.

Pero si mostramos en nuestra novela cómo un personaje secundario da limosna y cómo nuestro protagonista no lo hace, veremos a ese protagonista como alguien más apegado a su dinero que a ayudar al prójimo.

Al mostrar un comportamiento contrario al de nuestro protagonista, le obligaremos al lector a reparar en ello y a usar esa información para caracterizar a ese protagonista.

Porque, como te decía un poco más arriba, un personaje no es sólo lo que hace.

Sino también lo que no hace.

¡Un abrazo lector!

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