Abel Amutxategi

Autor de fantasía humorística à la Pratchett y Moore ('Su muerte, gracias', 'Jo, jo, jo', 'La tienda del señor Li') y literatura infantil ('Berbontzi'). Fiel devoto de Io y Monesvol, mataría a su editor por un buen barco pirata.

Los personajes son uno de los pilares sobre los que se asentará la historia que estamos escribiendo.

Dentro de ella tiene que vivir gente. Si no, nuestros lectores nunca llegarán a entrar del todo en la historia. Y eso sólo sucederá si somos capaces de describir a nuestros personajes de una forma vívida, sin entorpecer la fluidez de la trama.

¿Cómo hacer eso?

¿Describiendo al personaje de arriba a abajo la primera vez que entra en escena?

Casi mejor no.

Aquí van algunas ideas sobre cómo escribir (y describir) a tus personajes de un modo efectivo:

Por su nombre:

En la novela ‘Su muerte, gracias‘, por ejemplo, juego mucho con este recurso. El matemático de la empresa vendedora de suicidios en la que trabaja el protagonista se llama Martín Angulo Cuadrado. Y, como su nombre indica, es una persona muy cuadriculada. Tanto, que tiene problemas para relacionarse con la mayor parte de la gente.

Pero la cosa no termina ahí, porque tendremos también a Sonia Moira (la clave en este caso es el apellido) o a Hortensia del Valle y su difunto marido Narciso.

¿Cómo?

¿Qué dices que quieres saber más sobre esta novela?

Hazte con ella ya mismo, porque te vas a divertir lo indecible (que no lo digo yo, ojo, que lo dicen los lectores).

Podemos encontrar otro ejemplo de este tipo de caracterización en el cuento ‘La meta de un largo viaje’ de Michael Ende, que forma parte de la antología ‘La prisión de la libertad‘:

“El director en cuestión se llamaba John Smith y, como su nombre, todo en él era de una perfecta mediocridad”.

¿Qué importancia tienen los nombres en tus personajes? No pierdas la oportunidad de utilizar este recurso.

Por su falta de nombre:

Si pensamos en personajes sin nombre, lo más seguro es que pensemos de inmediato en las obras de Kafka. En el Joseph K. de ‘El proceso‘, el simple K. de ‘Un artista del hambre‘, etc. Al no tener nombre (o al no tener apellido), la identidad del personaje quedará diluida y será una importante fuente de tensión.

Lo mejor del caso de Kafka es que otros personajes sí que tienen nombre y apellido, así que se produce un interesante contraste entre ambos tipos de caracterización.

Otro personaje que no tiene nombre es la protagonista de ‘La niña de los fósforos‘ de Hans Christian Andersen, a la que el autor describe de este modo:

“Con aquel frío y en aquella oscuridad iba por la calle una pobre muchachita con la cabeza descubierta y los pies descalzos”.

La cerillera es tan pobre que, además de no tener zapatos, ni siquiera tiene nombre.

Por un detalle de su vestimenta o de su forma de ser:

¿Has visto la película ‘E.T el extraterrestre‘? Estoy seguro de que sí.

Pero, ¿te has dado cuenta de cómo el Agente del Gobierno es representado en gran parte del metraje como “un hombre que lleva un gran manojo de llaves colgando de su cinturón”? De hecho su apodo es precisamente ése: Keys. Llaves.

En ‘Jo, jo, jo‘ describo a Papá Noel como un hombre que bebe Akvavit en camiseta interior y explico cómo salen varios insectos de su barba cuando se rasca la barbilla. Con estas breves palabras, ya dejo bien claro que no es un Papá Noel al uso sino que es un Papá Noel decadente que tendrá que luchar contra la inercia para entrar en acción páginas más adelante.

¿Que todavía no has leído ‘Jo, jo, jo’?

No me lo puedo creer.

En fin: es algo que puedes solucionar desde este enlace.

Otro que se vale de este recurso y describe a sus personajes de una sola pincelada es Wilkie Collins, en ‘Sin nombre‘:

“A continuación apareció la pinche de cocina: afectada de un tic doloroso en la cara y sin pretender disimular sus sufrimientos. En último lugar bajó el lacayo, bostezando desconsoladamente”.

Y por último, Michael Ende también usa este recurso para redondear la imagen de ese John Smith del que ya te he hablado antes:

“Tenía alrededor de cincuenta años, un rostro vacío, insignificante, y su traje, su figura y su bigotito eran absolutamente inanes; el camuflaje perfecto. El único rasgo personal era un pequeño tic en el párpado derecho, que de vez en cuando se estremecía de modo involuntario”.

Ese pequeño tic nos dice que, por mucho que el señor Smith quiera controlarlo todo, siempre habrá cosas que se escapen de su dominio.

Y esas cosas, claro, serán las que hagan estremecerse a su párpado

Por una acción:

Imagina la escena de un crimen atroz.

Ahora imagina que llegan a ella dos policías: uno de ellos se pone a vomitar en cuanto ve el sangriento desastre, mientras que el otro empieza a recoger pruebas como si nada.

¿Cuál de los dos es el jefe? ¿Cuál lleva más años en el cuerpo? ¿Cómo ha sido la carrera de cada uno de los dos hasta entonces?

Los pequeños gestos dicen mucho sobre nuestros personajes. Y describir cómo actúan siempre será mucho más eficaz que escribir que:

“Mary y John llegaron a la escena del crimen. John era un recién llegado al cuerpo de policía. De hecho, aquel era su primer caso y estaba muy emocionado por trabajar con Mary, una de las policías más experimentadas de todo elzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz…”.

Perdona, pero me he dormido de puro aburrimiento.

Intenta siempre que el principio de economía rija, no sólo tus descripciones, sino toda tu escritura.

Por sus opiniones:

Este tipo de caracterización es el que usa Zadie Smith en este extracto de ‘Dientes blancos‘:

“Mo opinaba que con las palomas había que ir a la raíz del problema, que no es el guano sino la paloma. La mierda no es la mierda (éste era el mantra de Mo): la mierda es la paloma”.

A veces, las opiniones de un personaje pueden explicarnos más sobre su forma de ser que tres párrafos de descripción pura.

Por su forma de hablar:

“Estábamos yo, Alex, y mis tres drugos, Pete, Georgie y el Lerdo, que realmente era lerdo, sentados en el bar lácteo Korova, exprimiéndonos los rasudoques y decidiendo qué podríamos hacer esa noche, en un invierno oscuro, helado y bastardo aunque seco”.

Estoy seguro de que todos habéis reconocido el comienzo de ‘La naranja mecánica‘, de Anthony Burgess.

Al leer estas pocas líneas ya sabemos que Alex habla en jerga y que tiene una pandilla de amigos que no nos da demasiado buena espina.

Beben leche.

Y lo curioso es que el hecho de que Burgess mencione una bebida tan inócua como la leche junto a ese montón de palabras herméticas que nos hacen pensar en bandas y sociedades secretas da bastante mal rollo.

Como veremos pocas páginas más adelante, ese mal rollo estará más que justificado.

Por sus gustos:

“A Raphaël Poulain no le gusta orinar cerca de alguien. No le gusta ver que miran sus sandalias despectivamente, ni que se le pegue el bañador mojado. A Raphaël Poulain le gusta: arrancar trozos de papel pintado; encerar sus zapatos con cuidado; vaciar la caja de herramientas, limpiarla bien y ordenarla otra vez”.

Éste es un ejemplo extraído del guión de la película ‘Amélie‘, pero que es igualmente aplicable a la escritura de cuentos o novelas.

¿Qué le gusta hacer a tu personaje?

O mejor aún: ¿qué le disgusta?

Por sus reacciones:

Vamos con otro ejemplo de la película ‘Amélie‘, que tiene unas descripciones bastante interesantes:

“Amélie tiene 6 años. Como toda niña, querría que su padre la abrazara a veces. Pero sólo tienen contacto físico durante el examen médico. Ante esta excepcional intimidad, el corazón se le sale del pecho y su padre la cree víctima de una anomalía cardíaca”.

¿Cómo de sensible es una persona a la que el corazón se le sale del pecho cuando tiene contacto físico con su padre? ¿Cuánto necesita el cariño del prójimo? ¿Crees que será capaz esa persona de dar ese cariño que aún no ha recibido?

Por cómo lo ven otros personajes:

En esta ocasión vamos con Raymond Chandler y su ‘Tristezas de Bay City‘:

“La chica situada en la mesa contigua a la mía también era pelirroja. Llevaba los cabellos con raya al medio y peinados para atrás, como si los detestara. Sus ojos eran grandes, oscuros y de expresión famélica; tenía rasgos toscos y no iba maquillada, con excepción del pintalabios que brillaba como un letrero de neón. Su traje de calle era de hombreras demasiado anchas y solapas excesivamente llamativas. El jersey naranja protegía su cuello y lucía una pluma negra y naranja en su sombrero a lo Robin Hood, encajado en la coronilla. Me sonrió y vi que sus dientes eran tan delgados y afilados como los de un Papá Noel paupérrimo. No le devolví la sonrisa”.

Este tipo de descripciones son siempre subjetivas. La mujer a la que describe este párrafo podría ser una bellísima persona. Pero está claro que al narrador no le ha entrado por buen ojo.

Puede que este tipo de descripciones nos digan más sobre el narrador que sobre el personaje descrito, pero, siendo como es la literatura un arte subjetiva cuando narramos algo en primera persona, es un recurso que podría sernos útil en más de una ocasión.

¿Utilizas todos estos métodos? ¿Habías pensado alguna vez que se pudiera describir a un personaje de tantas formas?

Espero que esta entrada te haya servido de ayuda.

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Hasta ahora tenemos 6 Comentarios.

  1. Oriana dice:

    Interesante… Muy buen post, muchísimas gracias por compartirlo. .

  2. María dice:

    Si pensamos en personajes sin nombre, lo más seguro es que pensemos de inmediato en …. “ensayo sobre la ceguera” Eso es lo primero que me vino a la mente 😉
    Buen artículo.

    • ¡Cierto! La verdad es que la escritura de Saramago tiene muchas peculiaridades, ya empezando por su propia forma de transcribir los textos. Merece mucho la pena tenerlo siempre en mente 🙂
      Gracias por pararte a comentar, María.

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