Abel Amutxategi

Autor de 'Su muerte, gracias' (humor à la Terry Pratchett), ' La tienda del señor Li' (road movie surrealista) y 'Berbontzi' (literatura infantil en euskera). Fiel devoto de Io y Monesvol, mataría a su editor por un buen barco pirata.

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Estoy seguro de que a estas alturas de la vida ya sabes que Neil Gaiman es uno de mis escritores favoritos. He destripado cómo usa la anticipación en ‘El océano al final del camino’, he compartido contigo sus ocho consejos para aprender a escribir y lo he utilizado como ejemplo a la hora de hablar sobre la importancia que tienen los objetivos, las tareas y las rutinas en el trabajo de escribir.

Pero, de entre todos sus libros, tengo una especial predilección por ‘American Gods‘. No es una novela perfecta (de hecho la valoré con 4 estrellas sobre un total de 5 posibles en Goodreads) pero sí que es una novela que toca gran parte de mis intereses: el paso de los antiguos dioses que nos hicieron humanos a las nuevas deidades que nos dominan hoy en día, la lucha entre todos estos poderes, etc.

El caso es que hace no demasiado tiempo emitieron en Amazon Prime Video la primera temporada de una serie basada en ‘American Gods‘.

Tal vez incluso la hayas visto. ¿Es así?

No importa: por si acaso, voy a ponerte en contexto.

american gods, de neil gaiman

La serie narra la lucha que los antiguos dioses, esos que viajaron a los Estados Unidos de América junto con los inmigrantes que llegaron allí en el pasado, mantienen con los nuevos dioses tecnológicos. Odin y Anansi lucharán contra la Televisión e Internet.

El caso es que cada uno de los capítulos de esta primera temporada de ‘American Gods‘ empezaba con una secuencia protagonizada por uno de esos dioses. Ese dios serviría de eje a todo el capítulo.

El séptimo capítulo de la temporada, que es del que quiero hablarte hoy, empezaba con una secuencia llena de unas verdes praderas en las que el viento mecía la hierba al son de la música de la flauta. La protagonista era una mujer pelirroja, que ejercía de colorido contraste con el verde imperante en la vestimenta del resto de personajes.

¿Adivinas de que cultura estamos hablando?

¿De verdad?

Estamos en Irlanda, como no podía ser de otro modo.

¿Y cómo lo has sabido?

Gracias al poder del tópico.

Si vas a Irlanda, verás que no todo es allí de color verde. Que sus habitantes no van tocando la flauta irlandesa por la calle y que sólo el 10% de sus habitantes son pelirrojos.

Los tópicos no son el reflejo de ninguna realidad, pero sí que son el reflejo que lo que el lector común cree sobre esa realidad. Así, te serán muy útiles a la hora de hacer caracterizaciones rápidas como ésta.

Siempre se ha dicho que un escritor debe huir de los tópicos, y eso es cierto. Si tu protagonista es un tópico con patas, tu novela estará muerta. Si la trama se ha leído ya una y mil veces, también.

Pero a veces, sólo a veces, un tópico usado a tiempo te puede ahorrar decenas de páginas que no van a ninguna parte.

¡Un abrazo lector!

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